Historia de las Fiestas de San Juan ❱

Viernes de Toros

Un día de fiesta especial.

Por Alberto Arribas · Soria

27 junio, 2016 10:36 CET · Historia de San Juan comentarios
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El Viernes de Toros es la segunda jornada festiva de las fiestas de San Juan y probablemente la más densa en cuanto a diversión y a inveteradas costumbres, día en el que hay que cumplir con la tradición y sacrificar el toro que será repartido al día siguiente, y aunque lo usual es hacerlo mediante la lidia en la plaza no siempre ha sido así hasta el punto de que se puede afirmarse que el Viernes de Toros es el día de la fiestas de San Juan que más transformaciones ha sufrido con el desarrollo de los tiempos.

Uno de los posibles orígenes de las fiestas de San Juan es que en principio no fuera sino una simple comida de hermandad, una caldereta en la que participaban todos los vecinos de las cuadrillas en las que se dividía la ciudad y para lo cual era requisito haber comprado un novillo, transportarlo intramuros y sacrificarlo, ceremonia esta última que podía hacerse de varias formas. No cuesta mucho imaginarse que en cualquier momento de la Historia un grupo de jóvenes sorianos desbordados de testosterona y calentados por las altas temperaturas del estío tras haber trasegado buena cantidad de vino quisiera presumir de hombría ante sus vecinos, y vecinas, probando su valor al jugarse la vida delante de un animal bravo. Mediante la lidia antigua, tradicional, alanzando, embolado con teas ardiendo o enmaromando y corriendo al toro, muchos pueblos celebran y han realizado rituales semejantes que no son muy diferentes de los ritos de iniciación a la vida adulta que siguen desarrollándose en muchas culturas de todo el mundo. A falta de leones o elefantes que cazar, en el país “de la piel de toro” el toro bravo es y sigue siendo la única fiera irracional delante de la que poder demostrar su valor delante del clan. Esta hipótesis de carácter antropológico justificaría que en vez de sacrificar al animal en un matadero, como se haría con ovejas o cerdos, se hiciera de una forma más espectacular que permitiera demostrar la masculinidad y el valor del varón, pues aunque no se puede demostrar, es casi seguro que estos ritos iniciáticos eran exclusivamente de carácter masculino. Parece plausible pensar que esa distracción que suponía el sacrificio del animal bravo se convirtiese en un espectáculo, y de ahí a convertirse en festejo apenas hay un paso.

Además hay que tener en cuenta que las corridas de toros lanceados, a caballo, a pie o en sus diferentes variantes han sido un rito, un juego, un objeto de caza pero en lo que ahora nos atañe sobre todo han sido un espectáculo tradicional que no estaba restringido a las fiestas del Común. Los Linajes celebraban también con corridas sus fiestas de Santiago y con corridas se celebraban también nacimientos reales, victorias bélicas, coronaciones o visitas de personajes ilustres. Y no sólo se celebraban en Soria, también en muchos pueblos de la provincia se corrían toros con esos mismos motivos de los que el Toro Jubilo de Medinaceli es de los pocos ejemplos que se mantienen. Uno de los lugares favoritos para celebrarlo en Soria, pero no el único, fue la plaza Mayor, y existe abundante documentación que nos habla de las compras y pagos de las maderas que la cerraban o de las discrepancias surgidas entre los sorianos de antaño sobre los derechos para poder disfrutar de un balcón desde donde contemplar el espectáculo.

A falta de datos históricos y sin ahondar en la propia Historia de la Tauromaquia, sabemos que en Soria los novillos de las fiestas de San Juan se mataban al menos desde 1486, fecha en la que Máximo Diago Hernando en el artículo La celebración de la fiesta en la ciudad de Soria a fines de la Edad Media y comienzo de la Edad Moderna (Siglos XV-XVII) publicado en Revista de Soria nº 42, 2ª época página 73, ha documentando la referencia más antigua a corridas o novilladas en estas fiestas. Se ha dicho en algunos foros que estas corridas o novilladas se celebraban exclusivamente en la plaza Mayor, pero como ha demostrado ampliamente José Ignacio Esteban Jáuregui en el artículo Leyendas de la Plaza Mayor de Soria en http://www.soria-goig.com/historia/HistSoria%20Archivada/pzaMayor.htm, cualquier plaza de la ciudad podría ser sitio adecuado para celebrarlas, o incluso tuvieron lugar fuera del perímetro amurallado de la ciudad, concretamente en la dehesa de San Andrés según afirman Miriam Pastor y Carmen Martínez en Soria. Su historia, sus monumentos, sus gentes (Excmo. Ayuntamiento de Soria 2015, pagina 33).

El documento citado por Diago nos habla de corrida o novillada, lo que sugiere una lidia o menos más tradicional con el toro suelto y el torero a pie que le da muerte a espada. Es posible que así fuese o que por corrida y novillada se entienda cualquier suerte taurina, incluida la tradicional del toro enmaromado pues esta ha sido si no la preferida, la única empleada por los sorianos para correr los toros durante mucho tiempo, concretamente hasta los inicios del siglo XX.

Ha habido ocasiones en las que lo toros corrían sueltos, eran banderilleados pero no sacrificados, en otras ocasiones eran ensogados y apuntillados, otras veces corridos y apuntillados, ahora son lidiados….Parece que las formas de correr a los animales y sacrificarlos han sido varias y diferentes, lo que una vez más demuestra que la fiesta ha sido y es un elemento vivo capaz de transformarse, evolucionar y adaptarse a los tiempos y a las necesidades por lo que la forma actual puede ser la más adecuada en nuestros tiempos pero no podemos asegurar que sea la forma definitiva.

Por no ser, ni siquiera ha sido el Viernes el único día de las fiestas en el que se corrían los toros pues hasta principios del siglo XX los toros se corrían y toreaban el Viernes en la plaza pero no eran sacrificados, se devolvían al corral pues el Sábado Agés, muy de mañana, se ensogaban o enmaromaban y se recorrían con ellos las calles de la cuadrilla siendo apuntillados antes de las ocho a la puerta de la casa del jurado pues si no debían ser retirados. En ocasiones incluso se corrieron el Jueves por la tarde y el Viernes por la mañana como comenta Esteban Jáuregui en el citado artículo Leyendas de la plaza Mayor que recoge un documento de 21 de junio de 1790 que algunos detalles sobre la forma en la que desarrollaban entonces las corridas de novillos: «Habiendo conferido la Ciudad largamente sobre el modo y forma de practicar la corrida de los novillos de San Juan, teniendo presente la resolución en este asunto del Iltmo. Señor Don Pedro Rodríguez de Campomanes Gobernador del Consejo; acordó, se corran enmaromados en la tarde del Jueves, en la Plazuela que se dice de Carrillo y Campo de la Tejera extramuros de esta ciudad; y en el dia viernes siguiente por mañana y tarde en dicho Campo de la Tejera, sin que de ningún modo se permita entrar novillo alguno enmaromado de puertas adentro por ninguna calle para evitar los perjuicios que puedan originarse; viniendo solamente en condescender por ahora a que se corran en dichos sitios en la forma expresada, porque el público goze de esta diversión en cuyos términos le es más apreciable por la antigüedad de su origen».

El documento de finales del XVIII nos habla de los perjuicios que se desarrollaban en la ciudad con los toros enmaromados pues era usual que durante estas carreras de los animales enmaromados, al meterse en zonas arboladas ornamentales, las maromas se cruzaban entre los árboles y al tirar los mozos y los animales acababan tronchándolos. Pero sin lugar a dudas el principal daño de estos toros enmaromados era el que afectaba a los propios animales. No tenemos detalles de esa época antigua pero testigos de los toros enmaromados de las dos ocasiones en las que se celebró a medidos del siglo XX recuerdan escenas desagradables que causaban mucho sufrimiento al animal.

Con seguridad sabemos que al menos desde 1880 el toro enmaromado comienza a recibir críticas por parte de algunos sorianos agrupados en una “Sociedad Protectora de Animales y Plantas de la provincia de Soria” presidida entonces por Rafael Trillo Figueroa y Sevilla, antiguo alcalde de la ciudad que posteriormente sería nombrado gobernador civil de la provincia. El 26 de enero de 1880 remitió un escrito al Ayuntamiento de Soria quejándose del maltrato que recibían los animales y solicitando la supresión de este festejo y su modificación de forma que se celebre dentro de la plaza de toros. El escrito se queja de lo peligroso que resultaba correr los toros enmaromados por las calles y de la molestia que esa acción supone a los vecinos en horario de reposo, pero sobre todo se queja de «el mal trato que se dá à las reses á pesar de de los prevenido en el art.10 del Apéndice núm. 3 de las Ordenanzas Municipales, y del celo de los Jurados de las cuadrillas por evitarlo; la M. I. Corporación comprenderá, nada favorable dice de la cultura que distingue á la generalidad de estos sensatos habitantes por más que se escude en la tradicional costumbre legada por nuestros antepasados…». El alcalde Manuel López de Vicuña le contestó diciéndole que no podía acceder a lo solicitado pero que reforzaría la vigilancia para el estricto cumplimiento de las Ordenanzas y evitar el sufrimiento del animal, si bien reconocía también cierta flexibilidad en la aplicación la norma para no tener que enfrentarse a los que celebraban el festejo.

La contestación oficial resulta un tanto controvertida pues por una parte venía a reconocer que se cometía una barbaridad pero por otra prefería evitar enfrentarse con los sanjuaneros, temiéndose incidentes y altercados como le ocurrió a uno de sus sucesores. Con el discurrir de los tiempos ese sentimiento proteccionista fue extendiéndose entre los sorianos pero también en España de forma que se dictaron normas para prohibir esta suerte taurina en todo el país.

El toro enmaromado fue el protagonista del Viernes de Novillos hasta que la real orden gubernativa “Sobre las capeas” de 5 de febrero de 1908 dirigida a los gobernadores civiles por el ministro de la Gobernación, Sr. Juan de la Cierva (Gaceta de Madrid nº 37 de 06/02/1908). En ese texto y entre otras disposiciones de índole taurino ordenaba la prohibición absoluta de que “se corran toros y vaquillas, ensogados ó en libertad, por las calles y plazas de las poblaciones, ordenando á los alcaldes que, bajo su más estrecha responsabilidad, cuiden de la eficacia de esta prohibición””. Unos días después, el 19 de febrero, el Ayuntamiento de Soria se reunió para informar a todos los concejales sobre esta orden y tomar una decisión que fue la de acatar la orden, trasladarla a los jurados de cuadrilla, y convocar una especie de comité de sabios formado por alcalde, concejales, jurados de cuadrilla, y directores de periódicos, para decidir qué actos sustituirían a ese toro enmaromado.

Aunque aparentemente y para evitarse problemas las cuadrillas acataron la orden gubernativa, parece que el sentir popular y las ideas de los jurados eran muy diferentes pues ese año las fiestas se celebraron más o menos como de costumbre, pero los problemas surgieron al año siguiente cuando con los toros en la plaza, algunos mozos acudieron para recogerlos y enmaromarlos por lo que el propio alcalde de la ciudad don Ramón de la Orden, impuso su autoridad, saltó a la arena y con su vara de mando en alto obligó a los rebeldes a que cedieran en su actitud, lo que casi le costó un disgusto puesto que el toro seguía vivo en el albero. Desde entonces se dispuso ya la celebración que conocemos del Viernes de Toros con su configuración actual de dos novilladas, una por la mañana y otra por la tarde, toreadas por media cuadrilla de banderilleros contratada por el Ayuntamiento que intentan dar muerte al toro. Los incidentes y los problemas se repitieron en alguna otra ocasión pero parece que la solución gustó y acabó imponiéndose la forma actual con algún intento de recuperación el Sábado Agés de mediados del siglo XX como se tratará en su capítulo correspondiente.

Un problema que se repite hoy y se repetía hace un siglo era el de la capacidad de la plaza de toros que se desbordaba cada Viernes de Toros y que era causa de no pocos enfrentamientos entre vecinos de pueblos de la provincia que había hecho cola a veces toda la noche, los vecinos de la capital que habían entrado a fiestas y entendían que ellos tenían más derechos, y vecinos de la capital que habían alquilado el derecho a los palcos según costumbre de la época, y que se veían impotentes al ver sus lugares ocupados. En 1914 el Ayuntamiento decidió que cada vecino que entrase en fiestas recibiese cuatro entradas para la novillada del Viernes por la mañana y otras cuatro para la de la tarde y que los menores de siete años podrían entrar libremente “siempre que vayan acompañados de mayores, y el cabeza de familia haya contribuido a entrar en fiestas”. El problema no se arregló ante la imposibilidad de controlar la multitud y aunque hubo problemas serios hace ya tiempo que pese a seguir entregando las entradas el Ayuntamiento se desentendió del problema confiando en el buen criterio y educación de los que acuden a los toros, lo que no parece haber dado tan mal resultado. A finales de la década de 1950 se planteó construir una nueva plaza decoros en la ladera del Mirón pero finalmente y con un presupuesto mucho menor se decidió renovar y ampliar la existente que ganó más de dos mil localidades, aún escasas para las novilladas del Viernes de Toros, pero adecuadas para su uso general.

De la plaza los novillos eran llevados al matadero municipal donde los matarifes se encargaban de arreglarlo despedazándolo en canal, correspondiendo a los cuatros la tarea de deshacerlo en tajadas y en los restos a subastar el día siguiente. El toro despiezado era llevado a la cuadrilla o a casa del jurado donde, en el mejor de los casos se guardaría con hielo aunque lo usual sería que fuesen guardados en cualquier dependencia fresca de la casa lo que unido a las deficiencias higiénicas y con el calor de estos días ha sido causa de no pocas enfermedades por ingesta de carne en mal estado.

Desde entonces pocas más novedades destacables ha habido en el desarrollo de las novilladas del Viernes de Toros, si acaso sea diga de mencionar las llevadas a cabo en el ya comentado intento de reformas de mediados del siglo XX auspiciadas por el gobernador López Pando y que, en lo que afecta al Viernes de Toros consistieron en la programación de un partido de fútbol que se celebró a la misma hora que la novillada.

Parece ser que este partido de fútbol tenía por objeto descongestionar la abarrotada plaza de toros pues uno de los problemas repetidos desde que hay constancia documental es su limitado aforo que en estos días quedaba desbordado. Es posible que actualmente cada Viernes de Toros haya más personas en la ciudad pero en aquella época la plaza tenía menos asientos y hasta Soria acudían sorianos de toda la provincia pues para muchos era la única oportunidad de contemplar una novillada con toreros de verdad. Hay constancia de estos problemas desde siempre y de las posibles soluciones que pasaron por la impresión de entradas, cuatro por cada vecino, y de su intento de control que siempre ha sido y será en vano.

Pero además de ser el día de correr los novillos, históricamente el Viernes de Toros ha sido también el día de los hombres, al menos desde 1554 según se recoge en las ordenanzas festivas del libro de la cuadrilla de San Esteban en el que se especifica que el Viernes de Novillos era el día de los hombres y el Sábado de las mujeres. El motivo era que en esa jornada los vecinos, en el sentido de cabeza de familia, tenían por costumbre reunirse juntos en casa del mayordomo de su cuadrilla para comer las viandas que “dios le ayudare”, y tras la comida se procedía al nombramiento de los cargos festivos para las fiestas del año siguiente, cargos irrenunciables salvo que el interesado estuviera dispuesto a pagar una importante sanción económica. Aquellos cargos u oficios de cuadrilla antiguos, hoy anacrónicos en su mayor parte, eran los de mayordomo, alumbradores, comisión para la compra del toro, contadores, revisor o revisores de cuentas, cocedor de caldera, repartidores de la caldera, secretario, servidor de damas, sacador de mozas, dos cuatros nuevos que convertían en viejos a los dos nuevos del año anterior, y el compañero o ayudante del mayordomo.

Aquella antigua costumbre se perdió, o más bien se transformó, pues desde que hay memoria el Viernes de Toros ha sido el día de los hombres, y más que de los hombres en general el día de los casados en particular, única jornada al año para algunos en los que se les permite divertirse por su cuenta con su amigos, salir de casa por la mañana y regresar cuando puedan. Esta especie de libertad condicional del Viernes de Toros va desapareciendo año a año conforme las mujeres también salen a divertirse por su cuenta por lo que cada vez es más normal ver que ese día los hombres y mujeres comen separados, incluso lo más usual es que esa consideración sexista de la jornada se vaya perdiendo y cada vez es más frecuente ver que las nuevas generaciones salen, comen, beben y disfrutan juntos, en grupo o en pareja.

Esa consideración eminentemente masculina de la jornada hacía también que fuesen únicamente hombres quienes ocupasen el callejón de la plaza, siendo prácticamente imposible encontrar una mujer pues la honra de cualquiera de ellas corría serio peligro. En un lugar en cuyo espacio físico caben cinco hombres bebidos por metro cuadrado, los apretones más o menos voluntarios estaban asegurados. No es una disculpa pero todos conocemos a honorables padres de familia serios y circunspectos durante todo el año que ese día se sueltan la melena y se convierten en borrachos babosos, y en una fiesta tan machista como han sido las de San Juan hasta hace poco años, todo esto también se justificaba. La hegemonía masculina en el callejón sigue siendo predominante pero a la par que las jóvenes no entienden que puedan ser discriminadas ni en el callejón los hombres van, vamos civilizándonos, lo que va haciendo que esa costumbre vaya despareciendo para siempre.

Desarrollo actual
La jornada comienza muy temprano, tanto que algunos deciden alargar la trasnochada para evitar madrugar pero los que han decidido dormir no necesitan despertador pues a las ocho de la mañana las cuadrillas serán las encargadas de despertar a los sorianos mediante la primera de las dianas de fiestas, una ronda cuadrillera en la que jurado, secretario, cuatros y colaboradores (nótese que se emplea solo el género masculino, veremos porqué) recorren las calles de su cuadrilla levantando a los que duermen al ritmo de sanjuanera y convidando a todo aquel a quien se encuentran a anís, moscatel y pastas. Mientras tanto las mujeres se quedan en el local de la cuadrilla preparando comidas, bocadillos, vino y refrescos que tendrán que llevar a la plaza. Si no se ha recuperado todavía alguien debe encargarse de recoger el cachirulo y las banderillas de lujo que se expusieron en un escaparate después de la Compra, y los sujetará al cartel identificativo de la cuadrilla con el que se desfila.

El resto de la ciudad se despereza y como es día laborable, al menos por la mañana y para una pequeña minoría, los más madrugadores ya han rellenado sus botas de vino, comprado sandías, cerezas, bocadillos y todo aquello que pueda comerse fácilmente como almuerzo en la plaza si bien hay quien prefiere llevarse fiambreras con platos más elaborados o incluso sibaritas que acostumbran a prepararse un potaje de garbanzos y un bacalao a la riojana sobre un hornillo improvisado en un rincón de la plaza o de los alrededores. Como ayer, otros elementos indispensables para disfrutar del día y que casi deberían ser obligatorios son el sombrero y la crema para proteger de los rayos UV pues la calorina está asegurada, y de no mediar el protector adecuado, la quemadura solar también.

Ese día se celebrará en la plaza de toros una novillada a pie, mejor dicho dos, una por la mañana y otra por la tarde. En la de la mañana se lidiarán los novillos correspondientes –en ese orden– a las cuadrillas de La Cruz y San Pedro, Santa Catalina, La Mayor, El Rosel y San Blas, Santiago, y San Miguel., y por la tarde se lidiarán los de las cuadrillas de San Juan, Santo Tomé, San Clemente y San Martín; San Esteban, El Salvador, Santa. Bárbara y La Blanca.

Desde antes de abrir las puertas ya hay gente haciendo cola para coger los sitios preferentes, y entre ellos algunos miembros de cada cuadrilla que llevarán a sus palcos reservados las cajas con el almuerzo y los bidones con hielo para refrescar las bebidas que consumirán a lo largo de la mañana. A eso de las 9 los que había partido a dar la diana regresan al local de la cuadrilla para almorzar rápidamente y participar en el desfile de todas las cuadrillas que, siguiendo el orden acostumbrado, parte a las diez de la mañana de la plaza Mayor hasta la plaza de toros. Como ya se ha apuntado, en este desfile los carteles de las cuadrillas deben llevar como complemento las dos banderillas de lujo y el cachirulo que llevará su toro, por lo que en este desfile conviene no hacerlo bailar. Al llegar a la plaza las cuadrillas hacen el paseíllo por el coso y pasan a ocupar su lugar reservado en los palcos superiores de la plaza.

  • Además de la comida, algunas costumbres que se van incorporando poco a poco obligan o aconsejan a los jurados a llevar otros elementos:
  • Un ramo de flores y un pañuelo de cuadrilla con el que se obsequiará al novillero tras la muerte del novillo.
  • Un imperdible para sujetarle en la montera el sobre con la gratificación con la que se le premia. Las cuadrillas de toreros suelen cobrar sus servicios por parte del Ayuntamiento pero los novilleros suelen hacerlo gratis para poder acumular novilladas y experiencia, por lo que no está de más que los jurados valoren con dinero de su propio bolsillo el derroche de valor del novillero.
  • Una botella de cava y copas pues es costumbre reciente prácticamente generalizada brindar con ese espumoso después de colocarle el cachirulo al toro.
  • Un rollo de cuerda de esparto para sujetar el cartel de la cuadrilla a la columna del palco reservado.

A esas horas la plaza está totalmente abarrotada de personas que llenan los palcos, el callejón, el patio de arrastre…, ocupando un lugar que en muchos casos es como una plaza fija y respetada pues a puro de años de Viernes de Toros se han ganado el derecho a ocupar esa localidad. En los Viernes de Toros cada uno vive la fiestas como quiere y entre el público hay quien acude a contemplar la novillada, otros acuden a divertirse como puedan sin llegar a ver un solo toro, los hay que vienen bebidos para irse al final más afectados, los hay disfrazados de novia, travestidos e incluso quien viene solo para tirarse agua sobre las cabezas. Estos últimos ni siquiera suelen ser conscientes de lo que ocurre en el albero pues permanecen en el patio del desolladero regándose con la manguera o trasegando cerveza fresca en los aledaños de la plaza. Dice la tradicional canción sanjuanera de este día que lo toreros tienen miedo y no saben torear, lo que no se sabrá hasta el final, pero lo que seguro que experimentan a estas horas es una sensación extraña que mezcla su sorpresa por encontrarse una plaza literalmente abarrotada, las ganas de salir pitando y el pensamiento de “están locos estos sorianos”, sentimientos que con el discurrir de la faena sustituirán por un agradecimiento sincero por el apoyo y los aplausos recibidos.

La lidia comienza más o menos puntual a las diez y media tras el obligado paseíllo de los novilleros que torearán dos animales cada uno. El primero será el de cuadrilla de la Cruz y San Pedro. y mientras cada uno intenta cumplir lo mejor que puede las artes de su oficio suena la charanga de la cuadrilla cuyo toro se está lidiando y que interpretará la sanjuanera “Viernes del Toros” o la de “Salta Isidoro”, permaneciendo las demás en silencio y amenizando sólo los intermedios. Le seguirán después los novillos correspondientes a Santa Catalina, La Mayor, El Rosel y San Blas, Santiago y San Miguel.

A diferencia de cualquier otra corrida o novillada, en estas del Viernes de Toros las autoridades son muy indulgentes y permiten una cierta tolerancia por lo que no debe extrañar que en la plaza haya muchísimas más personas que localidades permite su aforo. El callejón se encuentre literalmente lleno de gente, igual que los pasillos y accesos a la grada, pero hay unos mínimos que respetar y no se debe permitir bloquear los accesos a la enfermería ni que los burladeros estén ocupados pues aunque todo el mundo esté divirtiéndose hay que recordar que unos pocos se está jugando el tipo. Este día también debe ser el más duro para los agentes de la policía local quienes con mucha paciencia y más aguante tratan de que se conserve un cierto orden y que no ocurran incidentes importantes, y todo ello lo hacen poniendo su mejor cara lo que resulta difícil pero no imposible pues saben que cuentan con el apoyo de prácticamente todos los presentes.

Su prueba de fuego la tienen entre toro y toro y es que es costumbre que cuando las puertas del patio de arrastre se abran para que entren las mulillas cientos de personas aprovechen para entrar al albero. Pasado un tiempo razonable y con infinita paciencia los agentes de policía tratan de conducir la muchedumbre hacia el desolladero sin que se creen más problemas que tener que empujar a algún reticente por encima de las puertas ya que es imposible que quepa más gente en el callejón. El problema de esta pausa es que suele alargase cada vez más tiempo haciendo que la novillada se alargue más horas de las necesarias. Particularmente en los últimos toros de la tarde, el público ya casi ni entra al callejón y se queda en el albero con lo que los toreros se quejan de que tienen muchas dificultades para hacer su trabajo con efectividad y seguridad, viviéndose a veces situaciones de peligro por parte de este público que no entiende que aunque estemos de fiesta la novillada es un duro y peligroso trabajo para el que se están jugando el tipo. El peligro es tan real como lo fue la cogida que en 1935 sufrió el novillero local Vicente Ruiz “el Chinche” mientras toreaba el sexto de la mañana y que acabó con su vida.

Una costumbre que surgió a partir de los años ochenta del siglo pasado es la de que al poco de comenzar la lidia de un novillo los jurados, secretarios y allegados de la cuadrilla que le sigue en turno, se dirijan al interior de la plaza para que en los chiqueros el jurado, después se cedió al costumbre a la jurada, auxiliada por personal de la plaza coloque con una pértiga el cachirulo al toro, momento que como ya se ha apuntado, se celebra brindando con cava, otra costumbre que no tiene ni veinte años. Tras esa ceremonia todos se van a su palco salvo la pareja de jurados que se queda ahí mismo, junto al balconcillo de toriles pues otra costumbre reciente es colocarles ahí a para que contemplen la lidia desde el lugar más privilegiado de la plaza.

Los toreros colocarán primero las banderillas de lujo elaboradas por la jurada, por lo que para cumplir su función no deben ser demasiado ostentosas, y después uno o dos pares de banderillas corrientes. Tras recoger la espada y la muleta el torero se dirigirá al balconcillo para lanzarle su montera y brindarle el toro a la jurada, momento que ella empleará para sujetar con un imperdible el famoso sobre con la gratificación, con el que le premiará al acabar la faena y devolvérsela, colocándole también el pañuelo de la cuadrilla al cuello y obsequiándole con un ramo de flores.

Otra de las particulares costumbres que se consienten los Viernes de Toros es que haya gente dentro del albero, aunque más que consentir se tolera como mal menor pues es imposible mantener dentro del callejón a tanta cantidad de gente que quiere coger las banderillas pues otra práctica habitual de de esta jornada es la de recoger el cachirulo y las banderillas de lujo que ha elaborado la jurada para devolvérselas. Eso sí, debe primar el respeto al toro y al torero y se considera de mal gusto y peor educación el hecho de arrancársela al novillo antes de morir, arriesgándose el que lo haga a recibir sonoras pitadas e insultos por parte del público.

Aunque sin lugar a dudas más que el balconcillo de toriles, el lugar de predilección para participar en la fiestas del Viernes de Toros, y ocasionalmente para ver el espectáculo taurino, sigue siendo el callejón de la plaza, un espacio prohibido en cualquier festejo taurino normal y en el que se disfruta entre empujones, choros de agua, humo de tabaco, sudor, pedos y un calor asfixiante que se tolera mejor cuando el vino de la bota está aún fresco, Allí la fiesta se vive más intensamente que en cualquier otras parte de la plaza y armado con humor y mucha paciencia se pueden vivir anécdotas y experiencias que se recordarán toda la vida. Sin embargo que nadie se llame a engaño. Quien está ahí lo hace voluntariamente y no puede alegar ignorancia pues el peligro de que un toro o un novillero salte las tablas y te caiga encima o de que una banderilla salga despedida es real, pero es el precio que hay que pagar por estar allí.

Una de las particularices del callejón es que al cabo de los años cada uno suele ir ocupando un lugar fijo y hasta una labor concreta como la de abrir los toriles, pasar las banderillas, reservar el burladero a los toreros, procurar espacio delante de la puerta de la enfermería… costumbres que se deben respetar a rajatabla pero que hacen que las ausencias de los que falten se dejen notar, especialmente cuando son para siempre. Parece algo contradictorio pero en este día en el que se derrocha jolgorio, alegría y transgresiones, muchos sorianos no pueden dejar de sentir una serie de sentimientos encontrados y a muchos se les encoge un poco el corazón al contemplar como esos huecos o funciones están ocupados ya por otras generaciones y que aquellos sanjuaneros de pro que nos acompañaron y enseñaron a entender la fiesta ya nunca volverán.

Pero dejemos la nostalgia y continuemos narrando la particular idiosincrasia de los Viernes de Toros cuyas costumbres van cambiando. Por ejemplo, lo de ir a ver la novillada entera como espectador y permanecer en el mismo sitio como en una corrida sería es algo que va desapareciendo. Ahora hay mucha más gente en los patios, pasillos y sobre todo fuera de la plaza donde puede haber miles de personas bebiendo y bailando. La fiesta que se prepara en torno a la plaza alcanza dimensiones que comienzan a ser preocupantes pues cada vez son más los que en coches particulares o hasta en autobuses fletados para la ocasión, vienen de todas partes del país para disfrutar de esa fiesta de la que desconocen casi todo. Es más, aunque el descontrol festivo permita ciertas libertades, de un tiempo a esta parte el Viernes de Toros se está convirtiendo es una especie de Viernes de Carnaval llegando casi a ser la excepción el no ir disfrazado. Como se ha dicho tantas veces, la fiesta es un elemento vivo que se va transformando y que cada uno lo vive como quiere, pero todavía somos muchos los que seguimos sin ver la conveniencia de convertir el Viernes de Toros en una carnavalada, particularmente si los que la están transformando en eso son foráneos que ni saben de la fiesta ni quieren entenderla.

Aunque los novilleros que vienen a torear este día son cada vez más expertos, lo usual y lo tradicional ha sido siempre que el ayuntamiento contratase a los más baratos que podía encontrar y en muchos casos el salario por su faena era directamente proporcional a su profesionalidad e inversamente proporcional a su miedo, lo que hacía que salvo honrosas excepciones los novilleros contratados fuesen pinchauvas amedrentados que daban al toro más pinchazos que capotazos, lo que convertía en frecuente el hecho de que los toros tuvieran que ser devueltos vivos a los corrales. Hoy la situación ha cambiado y aunque siga habiendo torerillos con poca experiencia, cada vez es más raro y lo usual es que los novilleros sean auténticos profesionales con tantas ganas de practicar como de ofrecer un buen espectáculo.

Una vez sacrificados los toros los operarios municipales los trasladarán al matadero municipal para, en teoría, ser despiezado en partes que serán repartidos a los vecinos y el resto subastado. Antaño allí acudían los cuatros de cuadrilla para hacerse cargo del despiece del toro, pero los tiempos han cambiado para mejor y ahora camiones frigoríficos recorren las cuadrillas llevando carne de toro para el día siguiente.

Tras concluir la novillada, a la salida de los toros se organiza uno de los desfiles más vistosos y animados de las fiestas en el que participan cuadrillas y peñas que recorren el Collado hasta la plaza Mayor para recorrer después los bares de la ciudad que dejarán sin cerveza fría. En los años ochenta y como costumbre importada de otros lugares se puso de moda que tras este desfile de la mañana se organizasen en el Tubo auténticas batallas de lanzamiento de cerveza, polvos de talco y harina, una costumbre muy celebrada por los jóvenes pero que fue atajada contundentemente por algunos intransigentes de los usos y costumbres pues pensaban que esa no era su fiesta y que con campañas de pegatinas y algún que otro pescozón hicieron desaparecer la costumbre.

Otro espacio reservado para la emoción en este día es la costumbre que se va imponiendo desde hace pocos años de que en este intervalo de mediodía o, si es posible, antes de ir a la plaza, el jurado de la cuadrilla de San Miguel acuda al cementerio a depositar un ramo de flores sobre la tumba de Vicente Ruiz “el Chinche”, pues fue un toro de esta cuadrilla el que acabó con la vida del novillero soriano el Viernes de Toros de 1935.

Pero para la mayor parte de la gente que ese día satura la ciudad, esa hora es el momento de comer. Muchos se irán a casa para tomar algo y sobre todo descansar pero muchos otros decidirán que como suele ser una jornada de reencuentro con las amistades lo mejor es comer en uno de los restaurantes de la ciudad que en este día amplían su capacidad montado mesas en cualquier sombra cercana de la vía pública pues de no permitirse esa licencia sería imposible dar de comer a tanta gente con el número de mesas habituales. Como ya decíamos antes, la educación nos sigue haciendo decidir que ese día los amigos coman juntos y las amigas juntas pero no revueltos, aunque siguiendo el ejemplo de los jóvenes, la costumbre segregacionista de señores y señoras va diluyéndose por lo que cada vez es más normal ver comer juntos chicos y chicas. El menú de la jornada estival parece más propio de un obrero de la construcción en invierno pues es típico comer alubias preparadas en sus diferentes variantes y otros platos tan poco ligeros como las carnes guisadas o asadas. La contundencia de estos platos tiene su fundamento pues atiborrados de vino, cerveza y licores, sólo con esta pesada comida se puede metabolizar tanto alcohol sin desfallecer.

Tras el reposo y una siesta más que justificada a la sombra de un árbol, hay que regresar a la plaza pues a la seis de la tarde se celebra la segunda novillada de la jornada con un desarrollo prácticamente idéntico al de la mañana, si acaso más pesada pues el calor aumenta y los efluvios del calor, de la pesadez de la digestión e incluso de la propia digestión de las alubias, hacen que contemplar los toros en la plaza sea más agobiante. En esta ocasión se lidian los novillos de las cuadrillas de San Juan, la de Santo Tomé, San Clemente y San Martín, los de San Esteban, El Salvador, Santa Bárbara y La Blanca.

Al terminar la novillada cada uno continúa la fiesta como quiere o puede, pero las cuadrillas deben seguir rondando las calles de su barrio salvo unos cuantos colaboradores que empezarán a preparar las tajadas en crudo que se repartirán al día siguiente.

Por la noche, como ayer, continúan las verbenas de cuadrilla o pasacalles y las de las peñas, en las que todavía abundan señores casados de mediana edad que se resisten a volver a casa y dar por terminado la libertad que sólo se les permite un Viernes de Toros al año.


Alberto Arribas es miembro de la Asociación de Amigos del Museo Numantino. 

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